jueves, 12 de agosto de 2010

ENTRANDO EN MATERIA

A lo largo de la historia, el hombre, se ha cuestionado el sentido y fin último de la vida, de la existencia, del tiempo, del amor, del bien y el mal, y también de la sexualidad. Sobre todo pareciera que últimamente, más que cuestionarse otras cosas, se cuestiona sobre la sexualidad. Basta con ver los grandes avisos en las avenidas, los comerciales en televisión, abrir cualquier revista y encontrar algo sobre la sexualidad. Desafortunadamente no buscamos información sobre sexualidad con el Creador de la misma, sino con otros aprendices que sólo tienen “verdades a medias”, por no decir “mentiras completas”. Que incluso nos hacen pensar que Dios no tiene nada que ver con la sexualidad y creemos que “otros” pueden tener una mejor explicación de la misma.

Pero no es así, podemos ver actualmente dos posturas extremistas y equivocadas sobre la sexualidad:

En un extremo se encuentra la postura hedonista y utilitarista en donde el único objetivo es satisfacer los impulsos y los sentidos, lo más importante es el placer y la gratificación física, y el que YO me sienta bien. Lo más grave de esta postura es reducir a las personas a simples objetos sexuales y medios de bienestar.
En el otro extremo nos encontramos con la postura que ve la sexualidad como un tabú, como algo que causa vergüenza, que es sucio e indigno, y que solamente se puede tolerar, para la procreación, algo así como un mal necesario.

Ambas posturas son equivocadas, ya que la concepción recta de la sexualidad (por llamarla de una forma), es la que la da su justo valor como un don de Dios, dado al hombre para hacerlo co-partícipe de la creación por medio de la fecundidad que surge de la entrega de amor esponsal entre el varón y la mujer.

La sexualidad va de acuerdo con el plan de Dios cuando respeta sus dos fines: UNITIVO y PROCREATIVO.

Unitivo: es decir, cuando la sexualidad es un medio para expresar amor. Por ejemplo los esposos cuando ejercen su sexualidad, es un acto de entrega y por tanto es bueno y lícito, que gocen del placer que la relación sexual conlleva. De hecho este placer físico también es una capacidad que Dios ha dado al hombre y que tiene como fin la unión de los esposos.

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